San Andrés Cuexcontitlán

Llevaba meses sin hacer fotografía para mis proyectos.
A principios de enero apareció la posibilidad de ir a San Andrés Cuexcontitlán durante sus fiestas en honor a San Andrés Apóstol.
Solo tenía unas horas.
Eso fue suficiente.

Llegué temprano.
Antes del ruido, antes del movimiento.
La gente estaba ahí desde temprano: familias, jóvenes, cuerpos esperando algo que ya conocían.

La fiesta comienza con misa y luego se vuelve recorrido.
El santo va al frente.
Detrás, los grupos: barrios, cooperativas, música, baile.
Tradición y presente caminando juntos.

Entré a la misa con la cámara en la mano.
La luz era muy bonita.
Todo estaba contenido.

Cuando terminó, el padre se colocó en una esquina por donde pasarían todos.
Fue bendiciendo uno por uno a los grupos que avanzaban.
Cuando el agua bendita me cayó encima, sin buscarlo, fue cuando me sentí dentro.

A partir de ahí cambié la distancia.
Me acerqué más.
Bailé un poco.
Entré en la zona.

La calle se llenó de cuerpos, disfraces, polvo, miradas directas.
Niños, adultos, máscaras, ángeles, diablos.
Todo ocurriendo al mismo tiempo.

En algún punto el cuerpo no aguantó el ritmo.
Hubo una caída. (Sí, me caí, no lo recomiendo)
Nada grave.
Solo una señal de que ya no estaba mirando desde fuera.

Bajé un poco la intensidad, pero seguí fotografiando hasta la tarde.
Tenía que regresar a la Ciudad de México.

Me fui encantado con San Andrés Cuexcontitlán.
Muy contento.
Con la sensación de haber vuelto a fotografiar sin forzar,
dejando que el ritual, la gente y el tiempo hicieran su parte.

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La cámara no cura