La cámara no cura

Fotografía y depresión en los días que “deberían” ser felices

En Trieste, Italia, gané el primer lugar de los Urban Photo Awards.
El fotógrafo de Magnum, Matt Black, era el juez.

Desde afuera suena a un momento perfecto.

De esos que deberían llenarte.
De esos que, en teoría, confirman que todo valió la pena.

Pero no fue así.

Me la pasé deprimido todo el tiempo.
Antes, durante y después.
Incluso después de ganar.

Estaba en Italia.
En una ciudad hermosa.
Con reconocimiento, aplausos, fotografías colgadas en una pared.

Y aun así, me despertaba todos los días con un peso que no combinaba con nada de eso. Caminaba por Trieste sintiéndome lejos, cargando además una culpa silenciosa: no debería sentirme así.

Ganar no me sacó de ahí.
Ni siquiera lo movió.

Recuerdo estar frente al mar preguntándome en silencio:
¿qué me pasa?

Ahí entendí algo incómodo pero real: la depresión no negocia con nada. No se impresiona con premios. No se calla frente al aplauso. Viaja contigo. Se sienta a tu lado. Camina contigo incluso en momentos donde “deberías” ser feliz.

Tal vez por eso este texto te incomoda un poco.
No por mí.
Por ti.

Tal vez tú también lograste algo que se suponía te haría feliz.
Un viaje.
Un reconocimiento.
Una meta cumplida.

Y aun así, por dentro, nada cambió.

Tal vez sigues funcionando, cumpliendo, avanzando. Sonríes en fotos. Respondes mensajes. Haces lo que toca. Y nadie nota que algo pesa, porque tú mismo aprendiste a no decirlo.

Hay muchas personas viviendo así.
No rotas.
No caídas.
Solo cansadas de cargar en silencio.

Si alguna vez pensaste: “¿por qué me siento así, si en teoría todo está bien?”
este texto también es para ti.

Para mí, la fotografía no fue una salida.
Fue compañía.

No me curó.
No me quitó la depresión —ni siquiera en Italia, ni siquiera después de ganar—.
Pero estuvo ahí.

La cámara se volvió un pretexto para salir cuando quedarse pesaba más. Una forma de caminar sin tener que explicarme. De mirar hacia afuera cuando por dentro todo se cerraba.

No fotografiaba para sentirme mejor.
Fotografiaba para no sentirme peor.

Y a veces, eso es suficiente.

En la calle empecé a reconocer algo familiar: otros cuerpos cansados, otros silencios aprendidos, otras personas siguiendo adelante sin hacer ruido.

Fotografiar dejó de ser tomar imágenes y se volvió una forma de estar cerca. De no invadir. De acompañar.

Por eso creo tanto en esto: antes de ser buen fotógrafo, hay que ser buena persona. Porque cuando sabes lo que pesa el día, no usas la cámara para imponer. La usas para decir, sin palabras: te veo.

Sigo fotografiando.
No desde la euforia.
Desde la presencia.

Y si tú también sigues —aunque no lo digas, aunque no se note, aunque incluso te preguntes por qué te sientes así cuando “todo está bien”— quiero dejarte esto:

No estás solo.
No estás fallando.
Y seguir caminando también cuenta.

 

Anterior
Anterior

San Andrés Cuexcontitlán

Siguiente
Siguiente

A Veces El Aplauso Te Aleja Más Que El Silencio